¿CÓMO SE CREA EL NOMBRE DE UN VEHÍCULO?
Ecuador, 22 de junio de 2026.- “El principio de la sabiduría es llamar a las cosas por su nombre correcto”. Esta idea, que se atribuye a Confucio, lleva siglos vigente: nombrar bien las cosas es el primer paso para un modelo duradero: social, institucional y, por qué no, hoy en día, de un auto.
Pero, ¿cómo se encuentra el nombre correcto? Tal como explica Fernando de Córdoba, estratega de marca, narrativa y contenidos, en su libro Los Secretos de las Marcas, poner nombre es un proceso tan complicado como necesario. No se puede lanzar un nuevo auto sin un nombre, ¿verdad?
En este artículo contamos con su visión experta y los ejemplos más icónicos de Renault para descifrar cómo se crea el nombre de un vehículo.
¿Qué tienen de especial los nombres de los vehículos?
Aunque el naming pueda parecer el mismo para cualquier producto, los autos tienen varias particularidades. Fernando es claro al respecto: “Para mucha gente, un vehículo es más que un producto, es parte de su identidad; lo que conducimos nos define, vive con nosotros momentos especiales (colegio, vacaciones, viajes importantes) y dura muchos años, por lo que es normal asociarlo a nuestra vida, familia o personas que conocimos.”
Además, apunta a dos factores clave: un auto es una compra para varios años y suele venderse en lugares del mundo muy diferentes. Por eso, el nombre de un vehículo tiene que resistir el paso del tiempo, cruzar fronteras sin despertar malas percepciones y transmitir su carácter. Así es como Renault lo ha conseguido con sus modelos a lo largo de más de 125 años.
La evolución de Renault: de clasificar a nombrar con intención
Durante décadas, la filosofía de Renault fue sencilla y funcional: utilizar números. R4, R5, R8, R12… Una lógica que organizaba la gama con precisión; sin embargo, el experto señala: “Cuando pones nombres a tu gama basados en números, estás organizándolos, pero la marca fundamental, con la que la gente asocia sus percepciones, es el fabricante. Si le pones una palabra, ya estás creando una cierta personalidad”.
Un nombre propio, en cambio, da carácter y permite que el modelo empiece a escribir su propia historia. Este sistema se rompió en 1984 con Renault Espace, asociado de inmediato con la comodidad y el espacio; en 1988, R19 fue el último modelo en llevar números, pues debía llamarse Renault 13, pero lo impidió la superstición de ese número en Europa. Buscando humanizar sus vehículos y hacerlos más memorables, Renault estrenó Clio en 1990, nombre que deriva del verbo griego κλέω, “cantar alabanzas”, y es también la musa de la historia. El resultado: un automóvil que perdura hasta hoy con el nuevo Renault Clio full hybrid E-Tech y más de 17 millones de unidades vendidas. Luego se sumaron Twingo, Megane, Laguna, Scenic… nombres evocadores, algunos “inventados”, pero siempre con identidad propia.
Más allá de la nostalgia: los nombres que forman parte de nuestra vida
Recuperar un nombre mítico no es apostar por la nostalgia. Fernando de Córdoba lo explica como “patrimonio sentimental de marca”: un cariño que se acumula cuando una marca lleva tantos años acompañándonos que ya es parte de nuestra vida y recuerdos. Eso hizo Renault con R4 y R5, recuperados como eléctricos tras años de ausencia: nombres funcionales, sin carga semántica, pero con tanto patrimonio sentimental que no necesitaban presentación; eso sí, el vehículo nuevo tiene que estar a la altura para no cargarse un icono.
Scenic, por su parte, nació en 1996 como un vehículo familiar y hoy es un SUV eléctrico, el automóvil cambió radicalmente, su nombre no, porque conserva vivencias como viajes, paisaje y vida familiar.
De R4 a Symbioz, de los números a los conceptos, la evolución del naming de Renault refleja cómo la marca entiende su relación con la gente y deja una pregunta: ¿cómo se llamará el próximo vehículo que marque una época?


